Duelo

Duelo

 

Psicólogo Sevilla - Cribecca

 

 

 

 

"Una por una, nos desprendemos de las cosas que se han ido y las lloramos.

Una por una, tomamos las cosas que han pasado a formar parte de quienes somos y seguimos adelante"

Rachel Naomi Remen

 

El concepto de duelo (del latín dolus, dolor) va unido al de perdida, entendiendo esta en un sentido amplio, como cualquier experiencia de desposeimiento de una figura u objeto del que no deseamos separarnos, es decir, quedar privado de algo que se ha tenido. Puede ser una amistad, un objeto material, una capacidad física, la juventud, una pareja, etc

A pesar de que la experiencia de duelo se puede experimentar por distintos tipos de pérdida, no cabe duda que el duelo o aflicción ante una pérdida es mayor y más intenso cuando la pérdida es de personas con las que se ha tenido un vínculo emocional profundo, y es la pérdida de un ser querido la experiencia más dolorosa sobre todo cuando su causa ha sido la muerte.

Cada pérdida significativa para nosotros va a dar lugar a un proceso de readaptación psicológico y social, a este proceso se le denomina proceso de duelo.

El duelo es un proceso complejo y doloroso, durante el cual la persona debe ir deshaciéndose de los vínculos que le unían al fallecido para llegar a aceptar su pérdida y adaptarse a una nueva realidad. Este proceso se verá afectado por distintos factores como la historia del la persona, sus habilidades de afrontamiento, la historia previa de otros duelos, la relación con el fallecido, contexto de la muerte, edad a la que se enfrenta al duelo etc, y además, se verá implicado a todos los niveles (biológico, psicológico y social). Por tanto habrá alteraciones normales a nivel físico, de pensamiento, de conducta y por supuesto del estado de ánimo.

Entre los sentimientos que se expresan durante duelo están: tristeza, rabia, culpa y auto reproche, ansiedad, soledad, fatiga, apatía, indiferencia, impotencia, anhelo, insensibilidad, etc.

Las sensaciones físicas también se ven intensificadas en este proceso, las personas las describen como “vacío del estomago”, “opresión en el pecho o garganta”, “hipersensibilidad al ruido”, “sensación de irrealidad”, “falta de aire”,“debilidad muscular”, “falta de energía”,” sequedad de la boca”.

Con relación a lo cognitivo la persona se vuelve más incrédula, existe confusión, sensaciones de que le persona esta aquí y alucinaciones, dificultad en la memoria, falta de atención y concentración.

Las conductas más comunes que adquiere la persona son trastornos del sueño, comer demasiado o demasiado poco, anda continuamente distraída, se genera un aislamiento social, comienza a soñar con la persona perdida, evita los recuerdos, comienza a buscar y llamar en voz alta, suspira continuamente, hiperactividad, llanto, se visitan lugares significativos y se realiza un atesoramiento de objetos relacionados con el desaparecido.

El duelo no acaba nunca pero se entiende por la adecuada elaboración del mismo cuando la persona, tras el primer impacto emocional por la pérdida, va atravesando por diversos estados o fases que culminan con la aceptación de la nueva realidad. La persona en duelo ha de conformar su mundo interno y sus relaciones externas a una nueva situación, la cual ha de incorporar la pérdida.

Generalmente a los 2 meses del fallecimiento, los signos y síntomas más agudos suelen ir perdiendo fuerza, pudiendo la persona adaptarse mejor a su día a día (recuperar el sueño, el apetito y el funcionamiento normal), aunque la tristeza se va a seguir manteniendo.

 

Etapas y Tareas del Duelo:

 

A diferencia de las teorías tradicionales sobre el duelo, que hacían hincapié en una serie de etapas más o menos universales, los estudios más recientes consideran la elaboración de la pérdida como un proceso activo, lleno de decisiones en las que la persona elige entre una serie de alternativas.

Worden es uno de los psicólogos que más ampliamente a estudiado el proceso de duelo. Este autor habla de cuatro tareas o desafíos que la persona ha de resolver activamente durante el duelo:

 

1) Aceptar la realidad de la pérdida: Durante los primeros días existe una cierta tendencia natural a no admitir la muerte o no darse cuenta en el plano real de su ausencia. Se coge el teléfono para llamarle o parece que abrirá la puerta en cualquier momento. Esto es normal en los primeros días, incluso semanas, por lo que no significa que la persona esté perdiendo la razón o exagerando en su reacción. También es normal en los primeros días no tocar las posesiones del fallecido, recordar sólo lo agradable de la relación, etc pero progresivamente se va admitiendo que la muerte es real y no tiene posibilidad de cambiarse.

 

2) Sentir y elaborar el dolor y otras emociones: Después del aturdimiento y la confusión el dolor y otras emociones aparecen y es imprescindible sentirlas en toda su dimensión. Cualquier evitación o retraso del natural sufrimiento prolongará el duelo innecesariamente. Lo elaboramos cuando hablamos del fallecido, lloramos, expresamos nuestra desesperanza de encontrar otra persona igual, somos incapaces de ir a trabajar, pero también cuando sentimos culpa por no haberle visto más, no haberle cuidado o por haber tenido una relación tormentosa. Es habitual también el enfado por el abandono que supone la muerte. No se trata de una aceptación intelectual, sino emocional de la pérdida.

 

3) Adaptarse a los cambios en el medio: Sobre todo en el caso de cónyuges, padres o hijos, la muerte supone la desaparición de una persona que cumplía unas funciones que ahora el viudo, hijo o hermano tiene que retomar (ponerse a trabajar, educar en soledad, cuidar un negocio). Se rompen cadenas conductuales que estaban asociadas al difunto, como salidas sociales, actividades de ocio o relaciones con la familia política. Estas demandas crecientes e inmediatas son en la mayor parte de los casos asumidas con el apoyo de la red social. Al mismo tiempo que se rehace la vida, aparecen los sentimientos de culpa por estar dejando al fallecido atrás en el curso de la propia vida.

 

4) Recolocar al desaparecido emocionalmente y reanudar la propia vida: Finalmente, debemos aceptar que los recuerdos que tenemos de él nunca van a desaparecer, pero que nunca volverá a nuestra vida, y decirle adiós.

Nos deshacemos de la mayor parte de los recuerdos y conservamos un par de ellos, verbalizamos los recuerdos malos y buenos. Reconocemos que es preciso empezar a amar a nuevas amistades, y nos damos permiso para dejar el luto interior. Pasamos de decir estoy casada a soy viuda, de decir somos tres hermanos a éramos tres hermanos. El paso final es decir adiós para siempre sabiendo que no vamos a olvidar su paso por nuestra vida.

 

Duelo Complicado:

 

El duelo es un proceso, además de normal, necesario. La evitación del duelo conlleva problemas psicológicos que pueden redundar en formas atípicas o patológicas del duelo.

Algunos tipos de duelo complicado son:

 

Duelo Retardado - Duelo Ausente: no se producen las manifestaciones emocionales que serían de esperar en el doliente, que actúa como si no hubiera ocurrido nada, manteniéndose ocupado en multitud de actividades en un intento de huir de la realidad y del dolor. La negación, reacción inicial defensiva habitual, detiene la evolución del duelo convirtiéndolo en disfuncional. Transcurrido cierto tiempo, dos o tres semanas, incluso puede que meses, cualquier estímulo, por insignificante que sea puede desencadenar un cuadro de ansiedad intenso con el que se iniciaría la expresión del duelo.

El duelo retardado tiene las mismas características que el duelo normal, lo que ocurre es que no se expresan las manifestaciones típicas del mismo hasta que no ha transcurrido un tiempo tras el fallecimiento.

 

Duelo Desautorizado: Se produce cuando el entorno que nos rodea no acepta el duelo. Es el caso, por ejemplo, de la muerte de personas mayores porque al ser la muerte algo normal en esta población, se espera que el familiar (viudo/a, hijo/a) supere el duelo en poco tiempo, sin tener en cuenta la idiosincrasia de cada uno.

 

Duelo Enmascarado: En este tipo de duelo la respuesta emocional puede ser escasa pero se manifiesta por síntomas somáticos como jaquecas, trastornos gastrointestinales, cuadros ansiosos o depresivos que no se relacionan con la pérdida. Se le puede llamar duelo somatizador porque, digamos que traslada el dolor al cuerpo.

 

Duelo Crónico: El doliente se instala en la fase más aguda del duelo, y durante años puede manifestar, con prácticamente la misma intensidad de los primeros momentos, síntomas ansiosos y depresivos; suele vivir obsesionado con el fallecido, con su recuerdo, los autorreproches son frecuentes y también la rabia desplazada hacia terceros, todo ello le impide volver a la normalidad y su vida se suele mantener desorganizada.

Un caso extremo de cronificación del duelo sería la “momificación del duelo”, y que se caracterizaría por mantener todos los objetos del difunto tal y como los tenía él ya que se tiene la creencia, consciente o no, de que regresará, por ello, se sigue hablando de él en presente, etc.

 

Duelo no Resuelto: Es similar al duelo crónico, pero la persona permanece “fijado” en la imagen del fallecido y en las circunstancias que rodearon su muerte. La persona no llega retomar su vida habitual, aunque la sintomatología depresiva cede.

 

Duelo Intensificado: Se produce una reacción emocional intensa tanto precoz como mantenida en el tiempo.

 

Duelo Exagerado o Dramatizado: Es también una intensa reacción de duelo en la que la persona se siente desbordada de dolor, es una experiencia tan excesiva que puede tratar de evadirse a través de conductas como el consumo de drogas o alcohol lo cual agravará la situación. Los duelos exagerados pueden derivar en trastornos psicológicos como depresión, ansiedad, fobias, ataques de pánico o abuso de sustancias adictivas.

 

Algunos indicadores de que el duelo puede requerir intervención terapéutica son:

 

• La persona habla de la pérdida con dolor intenso pasados varios meses de la misma.

• Algún acontecimiento desencadena una reacción excesiva.

• Períodos de extrema tristeza o demasiado extensos, deseos de suicidio (a veces en fechas señaladas)

• Episodios de conducta agresiva o conductas impulsivas

• Objetos de vinculación muy marcados o lo contrario, esconder o deshacerse de todos los objetos recordatorios.

• Imposibilidad de incorporarse al funcionamiento vital pasadas unas semanas de la muerte.

• Compulsión de imitar al fallecido o presencia de los mismos síntomas que tenía al morir. Obsesión con la enfermedad y la muerte.

• No haber expresado abiertamente dolor en las primeras semanas de duelo o haber realizado cambios radicales de estilo de vida.

• Pensamientos recurrentes de culpa o asuntos pendientes con el fallecido, remordimientos por haberle causado daño o haberle descuidado en vida.

• La persona no asistió al funeral o nunca ha vuelto a mencionar al ser querido que falleció.

 

 

Síguenos en:

Artículos y Vídeos:

© 2014 Cribecca Psicología. Todos los derechos reservados

psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla psicologo sevilla este psicologo sevilla